Un día el niño gordo quiso correr. Parte 1 de 3: La bendita apuesta.

« ¿Por qué demonios la gente corre? ¿están locos? ¿qué caso tiene? ¿por qué les gusta sufrir de esa manera? Yo no sé correr, a los 3 metros me canso y además, pues ya saben, correr te chinga las rodillas" ». Era lo que siempre decía y aún así aquí me tienen, de madrugada, sentado en el escusado, con los chores en los tobillos, los pezones enmicados; pensando que después de desalojar el colon tendré que barnizarme todo aquella zona donde el pelo se encrespa y trataré de encontrar el valor para que, en vez de volver a la cama con la dignidad intacta, me disponga a salir a correr...

Un día los tatuajes murieron…

¿Qué les pasó a los tatuajes? No sé si soy yo que cambié o al igual que los héroes, las ilusiones y sueños de la infancia; los tatuajes perdieron su magia, identidad y esencia.

Un día los muertos resucitaron… bueno, más o menos.

Uno de los temas que más ha obsesionado al ser humano es el de la inmortalidad. Por más ambicioso que este tema nos parezca, los avances científicos y médicos han hecho que la longevidad del ser humano cada vez sea mayor, sin embargo, el tema de este texto no es en el terreno de la medicina o biología, sino en el campo audiovisual, donde en cierta forma se están dando grandes pasos para encontrar el “santo grial”.

Un día fui a París y la odié

Una de las cosas que mi novia y yo habíamos planeado al mudarnos a Barcelona era visitar otras ciudades de Europa y París era visita obligada; sobretodo porque "Viajes Esteya", la guía parisina del tercermundista impresionable, nos había invitado a visitarla en tan idílico y aspiracional lugar. Lo que en un primer intento había resultado imposible a causa de una nevada destructora de sueños y saboteadora de planes, por fin pudo lograrse. Fuimos a París, y si me lo permiten les quiero compartir por qué para mí en esta fugaz e ignorante experiencia, a esta ciudad no queda más que odiarla.

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